Un cargo de responsabilidad en la empresa, dos hijos, una casa en
las afueras de la ciudad y un cómodo apartamento en la playa.
Pensaban que eran una pareja feliz.
Pensaban que lo tenían todo.
Carlos, atractivo, culto, llenaba su vacio con el alcohol, quería ahogar
el sentimiento que día a día iba creciendo en su interior.
Era consciente de que no era la mejor forma, de que no era la solución,
que tenía que enfrentarse a la realidad y hoy sería el día.
Esa tarde lluviosa de Enero salió del trabajo con el firme propósito
de hablar, de argumentar, que el corazón no entiende de razones.
Lucía contemplaba desde la ventana las luces del coche que se alejaba,
llovía en la calle y llovía en su alma.
Lucía contemplaba desde la ventana las luces de un coche que frenaba
bruscamente para hacer un cambio de sentido.
Lucía contemplaba desde la ventana como ese coche se precipitaba
marcha atrás por un escarpado desnivel y un hombre, en su intento
de salir, era arrastrado por él.
Lucía vive con la pena, vive con la duda...









